El primer (y auténtico) Camarón de la Isla

Un cuarto de siglo pasó ya, pero aún va para largo. En el horizonte no se vislumbra nada comparable. Ni siquiera está claro que algo así todavía sea posible. Por todos es sabido que Camarón de la Isla revolucionó el flamenco, llenó estadios, atrajo miradas neófitas y pasó a la historia.

La vida de Camarón de la Isla fue llevada al cine con éxito comercial y es apodado «el Dios del flamenco». Una hoja de servicio en apariencia brillante pero que en realidad resulta corta. Detrás de la leyenda y el mito quedó oculto un complejísimo genio musical en el que poco se ha profundizado. Quizás porque en nuestro país no sabemos cómo glorificar figuras así, lo cierto es que la auténtica dimensión de Camarón sigue enterrada. No será este artículo el que la desentierre, pero sí el que la recuerde en fechas tan señaladas. Hablemos de ti, José.

*Se recomienda visitar los hipervínculos al tiempo que se avanza en la lectura

Contaba Paco de Lucía que la primera vez que escuchó cantar en serio a Camarón sintió una explosión interna de incredulidad. El encuentro fue en Jerez, alrededor de 1967. Aquellos tercios tan novedosos–explicaba Paco– no evocaron en el guitarrista el clásico «qué bien canta este tío», propio de las personas que, en efecto, cantan muy bien. No. A Paco ese eco ya le pareció distinto. Extraordinario; apenas humano. «La llegada del Mesías». Por entonces, el escenario flamenco tenía totalmente definidas sus jerarquías. En un rincón estaba Antonio Mairena, exponente máximo del estudio y conservación de los cantes y figura de tremendo poder institucional. En la otra esquina, Manolo Caracol, dueño de un sonido tan personal que daría pie al «estilo caracolero» que muchos adoptarían. Y como reina indiscutible, la Niña de los Peines, mencionada incluso por Federico García Lorca en sus escritos. Camarón, queda claro, no surgió en una época de miseria artística. Los referentes, aunque ya veteranos, eran los más importantes de la historia. La pregunta es: ¿cómo pudo percibir Paco que aquel gitano menor de edad rompía los moldes de la normalidad? ¿Qué leches tenía Camarón?

La respuesta en sí no es sencilla. José Monje nació en posesión de unas cualidades naturales absolutamente tremendas y diferenciales que, sin embargo, no fueron fáciles de comprender para nadie, excepción hecha de Paco. El de Algeciras, visionario sin igual, entendió rápido que esa afinación, control de la voz y sabor en la expresión debían ser suyas, y tomó a Camarón como vehículo para su revolución. «Paco encontró en José a su ventrílocuo» se dijo, y tal cual fue. La clave la apuntó el genio de las seis cuerdas en el notable documental La Búsqueda: Camarón aunaba la gitanería y fuerza en el Cante de su raza con una sensibilidad musical y auditiva coherente con el más dotado violinista. Diseccionar las virtudes de aquella voz virgen y ponerlas en una lista es un ejercicio estéril. De entrada, Camarón disponía de un cerebro prodigioso para la música en general y el Cante en particular, así como de «oído absoluto». Podía estar canturreando en una fiesta con un cubata en la mano y sorprender al personal con un giro improvisado, o cuadrar a la primera el mismo compás que mareaba a los músicos de la Filarmónica de Londres. Su dominio del ritmo era estratosférico y sin duda nunca visto hasta entonces, algo que fue decisivo para que, junto Paco –su igual en la guitarra– dieran la vuelta a estilos entonces de segunda clase como la bulería. Eso en cuanto al «coco». La parte meramente física también tenía miga. La teoría cuenta que, en su juventud, Camarón «acaparaba un registro de tonos enorme, entrando incluso en Novena Mayor, propias del registro femenino». Ese instrumento de perfecta afinación, en comunión con su capacidad de inventiva, daba como resultado un cantaor explosivo, radicalmente innovador.
Y claro, esto le iba a traer problemas.

Para cantar así tenía que ser un científico. Estoy hablando de la técnica, no del genio. Los cantantes de ópera dedican toda su vida al estudio para conseguir eso. Él lo hacía por mera intuición. (Paco de Lucía)

Casi mirando a cámara y con una mueca de dolor, Camarón expresó su padecer: «Lo que veo es que la gente no me comprende, no comprende cómo yo canto. Mi manera de sentir todavía la gente no la ha entendido». Era 1973. José había sacado ya cuatro discos al mercado, todos «con la Colaboración Especial de Paco de Lucía», y por supuesto, todos sublimes. ¿Su pena? La incomprensión. Con semejantes cualidades naturales, pedirle a Camarón que no se saliese de lo establecido era imposible. Que era distinto iba notarse desde el primer quejío, hiciese lo que hiciese. Y eso que lo que hacía era rigurosamente puro. Su acercamiento al flamenco todavía era estrictamente cabal. José era un estudioso, conocía a fondo la tradición. Se ceñía a ella. Sucedía que, al ir a ejecutarla… Sonaba distinta. Sirvan un par de ejemplos. Durante su matrimonio con Paco, Camarón grabó multitud de fandangos tradicionales, como el célebre "fandango de Macandé". Pero la revisión del isleño, siendo lo mismo, no tenía que ver con nada anterior. Se trataba de otro sonido, mucho más melódico y afinado. Repleto de mucha más música. «Cada sílaba de Camarón tiene una melodía propia», relató años más tarde Félix Grande para describir su voz melismática. Pero claro, ¿Qué tenían que ver esos fandangos con los de, pongamos, Paco Toronjo, el «Padre del Fandango»? Muy poquito. Los de Camarón eran puro almíbar; los de Toronjo, whisky a palo seco.

Y esto ocurría en cada palo. En la seguiriya por ejemplo, si Camarón acometía la histórica creación "El Reniego" de Manuel Cagancho, alargaba la entrada para resaltar el sentido melódico y dar espacio a su apoteósica manera de modular, tan cargada siempre de matices. Todo esto fue generando una especie de «recelo» del purista, resquemor que incluso llegó a extenderse a compañeros de profesión. «El Camarón ese, tanta voz que tiene, no sabe cantar por seguiriyas, no sabe», dijo La Piriñaca, jondísima representante del cante de Jerez. Hoy puede sonar inverosímil, pero la siguiente anécdota es del todo real: Camarón de la Isla llegó a quedar último en una votación de las peñas flamencas de toda España. Último. Y hay más: en 1979, con sus facultades todavía intactas, las crónicas hablaban de «actuaciones de pena por bulerías, tangos o fandangos», así como de «soleares imposibles de reconocer».

Ahí estuvo el conflicto. José Monje Cruz era un compositor vocal que, guiado por Paco, estaba diseñando partituras mucho más complejas que las imperantes. Era flamenco y puro, muy puro, pero para su tiempo, incomprensible.

blank

Como ocurre muchas veces, la fama hizo acto de presencia cuando la calidad del producto ya se había resentido. La década de los ochenta llevó a Camarón a las listas de éxitos y a un reconocimiento nacional inédito para un cantaor. Fue cerca de su fin cuando el legendario productor Quincy Jones quiso hacer de él un Michael Jackson a la flamenca. Semejante cambio vino dado por dos circunstancias. La primera y obvia, el volantazo musical llevado a cabo por Camarón tras La Leyenda del Tiempo. Sin apartarse de las fronteras de lo puro de manera tan radical, cada disco de José estaba ya impregnado de la fusión jazzística de Paco y su sexteto. Todo sonaba moderno y fresco, acorde a los tiempos de cambio de la sociedad española tras la Dictadura.

Pero el segundo factor fundamental fue la mutación de su voz. Aquella caja de música perfecta de los setenta dio paso progresivamente a un metal poderoso y roto, más representativo que nunca del sufrimiento gitano. Los discos de estudio se llenaron de quejíos espectaculares (por supuesto siempre afinados) que supieron aprovechar a lo grande desde el propio Paco a la Filarmónica de Londres. El público quería eso. La gente, literalmente, se pegaba por escuchar a Camarón romperse. Así que Camarón les daba eso y todos se iban contentos a casa. José Monje Cruz se hizo mito entonces, y no hay mejor prueba que acudir a su legión de imitadores, casi todos con las formas propias de su etapa más salvaje. Dicen los críticos que Camarón hizo mucho daño al Flamenco porque sus pseudosucesores se quedaron con la parte menos buena de su final. Es cierto pero... ¿Cómo se imita lo inimitable?

La primera época de Camarón, cuando todo le salía con aquella frescura y perfección… Era una máquina. Camarón era una máquina cantando. Era increíble el control que tenía en la afinación. Lo de la afinación de Camarón era increíble. Afinaba todas las fases y cada nota de los giros. Era un músico, un intelectual, un cerebro privilegiado. (Paco de Lucía)

A escasos días de cumplirse 25 años de su fallecimiento, me pregunto si el mundo conoce de verdad a Camarón de la Isla. Existe una leyenda, una película con algunos Goyas, un nombre cada día más internacional… Y aun así, dudo mucho que la respuesta a la pregunta sea afirmativa. Me queda la sensación de que esa admiración que le profesaban gente de la talla de Miles Davis, Chick Corea o el propio Paco de Lucía («musicalmente, es el artista más grande que he visto») no está en la conciencia general, precisamente por lo clandestino y exigente del auténtico Camarón. El primer Camarón. "Soy Gitano", "La Leyenda del Tiempo" o "Como el Agua" son cultura popular, discos irreprochables que supusieron y seguirán suponiendo una necesaria vía de acceso al Flamenco. Al auténtico tesoro. ¿Les digo una cosa? Yo jamás he escuchado a nadie cantar como cantaba José Monje Cruz en los primeros treinta años de su vida. Escúchenle. No hay nada igual.

antiphonarium
Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.